La conciencia es como una brújula moral que sirve a la Ley para enseñarnos lo que es bueno y es malo, para que sigamos lo bueno y hacernos sentir mal cuando hacemos lo malo para así rechazarlo. No hay persona que nazca sin conciencia, todos nacemos con conciencia, aunque se difiera en algunos aspectos lo cierto es que un niño que nace con una conciencia nueva sabe qué está mal y qué está bien, aunque no a plenitud y su corazón está inclinado a ser dirigido por su conciencia nueva, pero no lo puede hacer solo sino que requiere de la ayuda de sus padres, por lo que si un niño que no es instruido de manera sabia en la Ley podría llegar a dañar poco a poco esa brújula moral que lo haría transitar hacia un mundo de oscuridad e incertidumbre.
Los padres, como vimos anteriormente, son los
principales responsables de la formación de una conciencia limpia en sus hijos,
pero no son los primeros culpables en la degradación y cauterización de la
conciencia de sus hijos, porque cada quien asume sus propias decisiones aunque
fuere o no influenciado por sus padres. Teniendo un poco más claro la función de
la conciencia, ahora miremos que no puede hacer la conciencia, la conciencia no
puede transformar a una persona, solo es una brújula moral, la conciencia no es
inmutable, puede ser modificada y cauterizada hacia una conciencia sucia lo que
terminara destruyendo la propia moralidad y sabiduría del hombre, pues la
conciencia es la que acompaña al conocimiento para que sea un conocimiento
fiable. Conforme a lo anterior se podría afirmar que una conciencia limpia
produce un conocimiento correcto, el cual solo encuentra descanso en una roca
más sólida que es el evangelio.
El evangelio es la roca más sólida en la que puede
descansar la conciencia porque es el poder de Dios que da vida, fuerzas y
victoria en el que cree sobre el más grande enemigo de la conciencia que es el
pecado, porque es el pecado que habita en el hombre el peor adversario de la
conciencia. Pero es imposible reposar en aquella roca por las propias fuerzas
de la conciencia, por la misma razón que la conciencia es frágil al pecado
debido a la naturaleza caída del ser humano, es en ese punto en el que parece andar
sin esperanza el mundo que nos rodea. Lo anterior aunque suena muy desalentador
y poco esperanzador es muy bueno saberlo porque nos enseña nuestra
pecaminosidad para que reconozcamos nuestra necesidad de salvación que
conducirá toda nuestra miseria a Dios, quien en respuesta a nuestra
incertidumbre, nos ofrece su salvación gratuitamente por medio de la fe en
Cristo.
En el momento que creemos, por la gracia de Dios,
en Cristo, pasamos de estar sometidos a una naturaleza caída heredada por el
pecado a una naturaleza nueva otorgada por la gracia de Dios en donde Dios
mismo nos guía a vivir en esta nueva naturaleza. De esta manera es que nuestra
conciencia, un gran maestro, podrá descansar en el más grande Maestro que es el
Espíritu Santo que guía a todos aquellos en los que habita. En definitiva el
más grande Maestro no es un profesor de clase, los libros que podamos leer, ni
nuestra conciencia sino es el Espíritu Santo que nos convence de pecado, nos da
la posibilidad de ser transformados y nos enseña su Palabra (la Biblia) a
quienes creemos en El y con humildad y sencillez de corazón nos sometemos a sus
preceptos. Ahora teniendo un poco más claro a quien es más importante escuchar,
veamos un poco el trabajo en conjunto que hacen la teoría y la práctica en
nuestro diario vivir y en la educación.
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